¿Dónde empieza un sueño? ¿El día en que dejamos la casa? ¿El día en que compramos una casa con ruedas?
No.
Nuestro sueño empezó mucho antes, en un instante mínimo y decisivo: los tres, sentados en el living, mirando un video de viajeros que llegaban a Alaska. Nos emocionamos hasta las lágrimas. Y entonces, casi sin pensarlo, alguien dijo: “¿Y si nos vamos a Alaska?”.
Ahí empezó todo.
En ese momento no lo sabíamos. Parecía un chiste, una locura dicha al pasar. Pero con el tiempo entendimos que, sin darnos cuenta, ya habíamos dado el primer paso. Después vinieron otros, pequeños, casi invisibles, que con los años terminaron marcando un camino.
Siempre nos gustó viajar. Cada verano trabajábamos mucho para juntar lo suficiente y escaparnos unos días. Volvíamos con la sensación de que algo había quedado pendiente. Los viajes eran cortos, los destinos lejanos. Llegábamos cansados, corríamos para “aprovechar” el día, terminábamos agotados… y, en un parpadeo, ya era momento de volver. Y al volver, lo único que queríamos era irnos otra vez.
Así fue durante años.
Primero fue la Kangoo. Nunca pensamos en camperizarla; simplemente nos subimos y salimos. Con ella llegamos hasta Misiones para conocer las Cataratas del Iguazú. Fue un viaje increíble, sostenido a base de chipá en cada comida. Después llegó el Argo, nuestro “Arguito”. Para muchos, un auto común. Para nosotros, un compañero de rutas inolvidable. Iba cargado hasta donde daba, pero siempre respondía. Nos llevó tres veces a Córdoba —Villa Yacanto, Mina Clavero—, nos llevó a Chubut —Corcovado, Trevelin, Esquel—, donde nos sorprendió un temporal de nieve que parecía no tener fin, y aun así nos devolvió a casa sanos y salvos. También nos llevó a Bariloche, a la Ruta de los 7 Lagos, a San Martín de los Andes.
Tenemos recuerdos hermosos de todos esos viajes. Pero, incluso así, había algo que no terminaba de cerrarnos. Ese vacío persistía. Ese querer más.
Con el tiempo cambiamos la forma de viajar. Para bajar costos, dejamos de alquilar alojamiento y empezamos a acampar. Eso nos obligó a ir más despacio, a parar en el camino, a descubrir lugares que antes pasábamos de largo. Fue distinto. Más simple. Más nuestro. Y nos gustó tanto que decidimos seguir así: sin apuro, deteniéndonos donde hiciera falta.
En uno de esos viajes apareció otra idea: empezar a filmarnos y compartir lo que hacíamos en YouTube. Al principio nos costaba. Nos daba vergüenza hablar, prender la cámara, exponernos. Pero poco a poco nos fuimos soltando. Y, sin buscarlo demasiado, las redes nos acercaron a otros viajeros. Así conocimos a Ger y Chelo, del canal “Pibitos Viajeros”. Nos escribieron porque querían mostrar nuestra historia. Nos sorprendió. No veíamos nada extraordinario en lo que hacíamos. No nos considerábamos inspiradores.
El día de la entrevista llegó con nervios. Contamos quiénes éramos, cómo viajábamos. Y cuando se publicó, empezaron a llegar mensajes. Personas que nos felicitaban, que decían que los habíamos inspirado a animarse. Para nosotros fue un empujón inesperado. Un motivo para seguir, para mostrarnos más, para no abandonar.
Si fuiste una de esas personas, gracias.
Tiempo después, en nuestra ciudad —Villa Gesell— se organizó un encuentro rodantero. Estuvimos a punto de no ir. Y eso, hoy lo sabemos, hubiera cambiado todo.
Semanas antes, Serena se había fracturado el peroné. Tuvimos que cancelar un viaje que teníamos planeado y el ánimo estaba por el piso. Aun así, decidimos intentarlo. Conseguimos una silla de ruedas y fuimos igual: el Arguito, la carpa, un catre y una convicción tímida de que algo podía cambiar.
Y cambió.
Apenas llegamos, empezamos a armar nuestro espacio y la gente se acercó a saludarnos. Viajeros, curiosos, familias. Las charlas aparecían solas: historias, anécdotas, experiencias. Conocimos casas con ruedas de todo tipo, grandes, pequeñas, improvisadas, soñadas. Nos sentimos en casa sin estarlo. También filmamos el encuentro, entrevistamos a otros rodanteros, escuchamos sus motivos, sus historias. Algunas nos tocaron profundamente.
Cuando terminó el encuentro y volvimos, pasó algo familiar. Nos miramos los tres, en silencio, con esa misma sensación que habíamos tenido aquel día en el living. Y dijimos: “Vamos a vender el auto y comprar una camioneta para camperizar”.
No era que estuviéramos incómodos con nuestra forma de viajar. Pero ese fin de semana nos había mostrado otra posibilidad. Y queríamos vivirla.
El problema era el dinero. Teníamos que encontrar algo que valiera lo mismo o menos que el auto. Empezamos a buscar. Mirábamos videos de motorhomes, analizábamos espacios, pensábamos cómo adaptarlo para los tres… y también para nuestras mascotas. Pero todo lo grande quedaba fuera de alcance.
Entonces empezamos a considerar otras opciones. Las combis Volkswagen nos atraían por estética, aunque muchos advertían sobre su tamaño y sus problemas mecánicos. Igual estaban dentro del presupuesto. Después pasamos a ver Volkswagen Transporter: similares, pero con mejores referencias. Nos entusiasmamos. Hacíamos bocetos, imaginábamos la camperización, discutíamos dónde iría cada cosa. Llegamos a ver una cerca de Villa Gesell. Estábamos casi decididos. Pero el vendedor no quiso hacer la verificación policial. Y dimos un paso atrás.
Volvimos a casa en silencio.
Durante días no hablamos del tema. El ánimo se había caído. Pero Serena, en silencio, siguió buscando. Cada vez era más frustrante: las opciones desaparecían o se volvían inaccesibles. Hasta que un día revisó publicaciones viejas, guardadas meses atrás, y encontró algo distinto: una Sprinter 312, con un ploteo de Mar del Plata en el capot, ya camperizada, a un precio posible. Antes de decir nada, escribió al vendedor. Preguntó si aceptaba permuta. La respuesta fue sí.
Cuando Pato y Tino vieron las fotos, les gustó, pero el entusiasmo no era el mismo. Aun así, Serena insistió: ir a verla, sin compromiso.
Viajamos a Santa Clara del Mar. Allí conocimos a Daniel y Mónica. Serena todavía estaba en recuperación, con muletas, y no pudo subirse a la camioneta. Solo la miró desde afuera. La primera impresión fue contundente: era enorme. Larga, imponente. Una bestia. ¿Cómo íbamos a manejar algo así? ¿Cómo iba a entrar en casa?
Pasamos la tarde conversando. Ellos eran viajeros, como nosotros. Compartíamos conocidos, historias, formas de ver el camino. Nos contaron lo que habían vivido con esa camioneta. Y mientras hablaban, nosotros empezábamos a imaginarnos dentro de ella.
No decidimos nada en ese momento. Volvimos a Gesell. Y ahí, en una llamada, terminamos de confirmar lo que ya sentíamos: queríamos hacerlo. Acordamos el intercambio. Daniel traería la camioneta a casa para cerrar todo.
Cuando cortamos esa llamada, lo supimos: ese era uno de esos momentos que quedan grabados para siempre. Era empezar de nuevo. Arriesgar. Dejar atrás lo conocido.
El día llegó.
La camioneta entró a nuestro patio. Ya no había vuelta atrás. Era nuestra.
Los entrevistamos, grabamos su despedida. En ese video nos entregaron la llave. Estábamos emocionados. Después se fueron con el Arguito, a quien también despedimos con gratitud por todo lo que nos había dado. Y nosotros salimos a dar nuestra primera vuelta.
La camioneta doblaba y se balanceaba. El motor hacía ruido. Atrás, algunas cosas golpeaban. Pero nada de eso importaba. Para nosotros, todo era perfecto.
Empezábamos a conocer nuestra casa.
La fuimos modificando, adaptándola a nosotros. Empezamos a imaginarnos viviendo ahí dentro, recorriendo el continente, uniendo Ushuaia con Alaska. Sin darnos cuenta, estábamos cada vez más cerca de ese sueño que había empezado como una frase suelta en un living.
Estos fueron nuestros pasos.
Nada sucede de un día para el otro. Todo lleva tiempo, esfuerzo, tropiezos. Hoy, mirando hacia atrás, agradecemos no habernos rendido cuando las cosas no salieron como esperábamos. Porque gracias a eso llegamos a ella.
A La Lenteja.
Nuestra casa. Nuestro refugio.
Y el comienzo de la primera etapa de nuestro gran viaje: llegar a Ushuaia.
